A veces necesito esa puerta a la imaginación en el tronco de un árbol.
Cuando ellos le seguían su duro ritmo, ella estaba encantada, no tenía problemas. Pero cuando, por su dureza, los mortales se veían empujados a huir de ella y adentrarse en los terrenos de la fantasía, la muy egoísta volaba para encadenarlos sin remedio.
Dicen que, como vía de escape ante su sordidez, los mortales crearon la literatura, el cine, los juegos... Llegaron a esa conclusión observando a los niños que, en su inconsciencia egoísta, están fuera del alcance de las exigencias de la realidad. Y ella, astuta como ninguna, consiguió atajar incluso esas pequeñas e inocentes fugas.
Entonces, unos mortales más inclinados a la perfidia, inventaron unas sustancias para huir de la consciencia. Lo conseguían por un breve espacio de tiempo y con unas consecuencias fatales.
Pero uno no puede escapar siempre de esta amante exigente que te cobija: si consigues refugiarte resguardo de cualquier abrigo inconsciente, al final te verás obligado a regresar. Y entonces, es cuando más duro golpea.
Yo a veces también siento que la realidad me empuja a abandonarme en brazos de la ficción. Sobre todo en los últimos tiempos.
