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domingo, 24 de febrero de 2013

La insoportable sordidez del ser

A veces necesito esa puerta a la imaginación en el tronco de un árbol.

Había una vez una realidad testaruda y cabezota empeñada en imponerse sobre todo lo demás. Y no le importaba que los pobres mortales que vivían en ella necesitasen periódicas treguas para poder sobrevivirla.

Cuando ellos le seguían su duro ritmo, ella estaba encantada, no tenía problemas. Pero cuando, por su dureza, los mortales se veían empujados a huir de ella y adentrarse en los terrenos de la fantasía, la muy egoísta volaba para encadenarlos sin remedio.

Dicen que, como vía de escape ante su sordidez, los mortales crearon la literatura, el cine, los juegos... Llegaron a esa conclusión observando a los niños que, en su inconsciencia egoísta, están fuera del alcance de las exigencias de la realidad. Y ella, astuta como ninguna, consiguió atajar incluso esas pequeñas e inocentes fugas.

Entonces, unos mortales más inclinados a la perfidia, inventaron unas sustancias para huir de la consciencia. Lo conseguían por un breve espacio de tiempo y con unas consecuencias fatales.

Pero uno no puede escapar siempre de esta amante exigente que te cobija: si consigues refugiarte resguardo de cualquier abrigo inconsciente, al final te verás obligado a regresar. Y entonces, es cuando más duro golpea.

Yo a veces también siento que la realidad me empuja a abandonarme en brazos de la ficción. Sobre todo en los últimos tiempos.

sábado, 3 de noviembre de 2012

El niño malo



Érase una vez un niño al que le llamaban malo, vago, desinteresado. De tanto repetírselo, el niño acabó creyendo lo que le llamaban una y otra vez. Tomó su papel y se puso a interpretarlo, tan en serio, que le resultaba muy difícil no hacerlo.

Sus padres, preocupados porque las crisis típicas de las edades se alargaban, lo llevaron al médico y tras descartar que tuviese un retraso, le diagnosticaron "Trastorno Déficit de Atención" TDAH (pero sin hiperactividad). Animados por tener un diagnóstico, comenzaron su tratamiento con J. Burrueco, una psicóloga infantil que les iba a ayudar. Las sesiones empezaron conociendo al niño y con la medicación típica de estos casos. El niño seguía creciendo. Las pastillas hacían su efecto y lo dejaban relajado (¿pero no habíamos dicho que no tenía hiperactividad?) Sin embargo, era incapaz de concentrarse para aprender lo que sus compañeros aprendían.

De tanto intentarlo y viendo que sus profesores no le reconocían nunca los pequeños avances que iba realizando, tiró la toalla. Porque él crecía y se daba cuenta de que todo seguía igual a pesar de tomar la pastilla y de esforzarse. Y la señora Burrueco, que comenzó cuatro años antes un tratamiento que iba a funcionar, no se percató de que había que cambiar el rumbo y apoyar al "niño malo" de otra manera, con trabajo pedagógico. Es más, una sugerencia tomada al vuelo le descolocaba SU DIAGNÓSTICO.

Un día, sus padre no pudieron más: salieron a la calle para dar la voz de alarma y no resignarse a colgar el cartel de "se traspasa" en la vida de su hijo. Fueron al colegio y pidieron medidas. Fueron a los médicos y les pidieron soluciones. Y en esa lucha continúan... despistados, desconfiando pero con más energía que nunca.

Dicen que "el niño malo" ya sabe que no lo es. Dicen que está dispuesto a luchar porque tiene a todo un mundo a su lado. Dicen que es imposible que esto no salga bien, porque está hecho de la mejor materia humana. Dicen, con conocimiento de causa, que será un adulto excepcional a pesar de todo.

Pd: La historia de "El niño malo" es una historia real. Se agradece cualquier información o indicación sobre esta enfermedad. ¡Gracias!